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Huracán Mitch - Nicaragua-

2007.09.16
Poca transparencia del Gobierno nicaraguense.

José Aparicio Mendoza ha perdido a su hijo Guillermo de 18 años por leptospirosis.




Jóvenes del ejército nicaraguense colaboran de forma simbólica junto a los civiles...




Aguas fecales.

Vecinos de las aldeas sepultadas buscan a sus familiares. Al fondo el cerro Casitas...

Voluntarios de todo el mundo...

Hay que cubrir con cal viva los cadáveres para que los animales y el agua no se contaminen.

Desenterrar. Muchas veces una misión imposible. Los cuerpos se encuentran putrefactos...

Bajo este crucifijo se encuentra el colegio de la aldea. Los niños se encontraban probablemente en el almuerzo.





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Reza un proverbio centro-americano que “si Jesús recorrió el mundo sobre una burra para ver su creación, por Latinoamérica sólo pasó la burra”.

Unos meses antes de viajar a Sudán, conseguí que el periódico donde trabajaba en Pamplona, me diese la oportunidad de viajar a Nicaragua y comprobar si las ayudas que los navarros habían enviado para ayudar a las víctimas del huracán llegaban o se quedaban por el camino…Me llevé muchas sorpresas. Fue mi bautismo de fuego.
El 14 de noviembre de 1998, el vuelo de Iberia 6161 proveniente de Miami aterrizaba en Managua. Eran las dos de la madrugada.
Belén la hija de Gerardo, amigo y periodista de Pamplona, nos esperaba a su novio Adolfo y a servidor en la terminal del aeropuerto e Managua. Belén trabajaba desde hacía meses en el norte de Nicaragua, en el desarrollo de varios programas para jóvenes cooperantes en el departamento de Jinotega, frontera con Honduras. Rehabilitaban y desarrollaban zonas inmersas en conflictos políticos culturales y ayudaban a integrar a las mujeres nicaragüenses en cooperativas. Mientras esperábamos el autobús que nos trasladaría a Granada, tres de la madrugada, Belén realizaba una radiografía del país. “La gente más afectada es la del norte, hay comunidades arrasadas. Antes del huracán la población se encontraba muy mal. La capital ha estado dos semanas incomunicada. Las calles eran ríos de lodo. Durante el caos ves el desorden en la ayuda y la poca transparencia del gobierno y de los ayuntamientos. Ha llegado muy poca ayuda”.Mi cansancio se desvanece…Todo encaja. Paciencia…
“Ahora se sufre más que en pleno desastre. Es un error enviar ayuda de gobierno a gobierno sin que se cuenten con las instituciones civiles.” Termina Belén. Me moría por arrancar. Las sorpresas como pude experimentar a lo largo del viaje fueron mayores…
La Agencia Española de Cooperación Internacional advertía sin mucha repercusión informativa que los medicamentos que se almacenaban en los hangares del aeropuerto no se distribuían. El gobierno de Arnaldo Alemán los vendía directamente. Mientras tanto, el norte agonizaba. A los problemas médicos había que añadir el incremento de la violencia generado por el desempleo.
En 1972, durante la dictadura de Somoza, un terremoto arrasó la ciudad de Managua. El dinero y las ayudas médicas que llegaron se diluyeron entre las sombras de la corrupción…La historia se repetía.
En este contexto las sectas religiosas aprovecharon el momento. Se hicieron fuertes, actuaban como las nuevas cajas de ahorro de los ciudadanos. Proclamaban el fin del mundo para el año 2000. Sus sermones se apoyaban en dos avisos: el Mitch y la Unión Monetararia Europea. El miedo, el mejor arma. La salvación era posible. A cambio de dinero, por supuesto. Nicaragua era vulnerable…
Managua vivía entonces en el caos. Una ciudad peligrosa. Aconsejo que no se camine de noche ni de día. Quien quiera descubrirla que la deje para el final del viaje. Por lo que os contaré más adelante...
Granada es una ciudad colonial hermosa. A la mañana siguiente, el sol no daba tregua ya desde muy temprano. Después de descansar unas horas, me adentré entre la historia de sus calles. Los colores de sus fachadas me proyectaban un ánimo incomprensible para lo poco que había descansado. La gente sonreía. Ni rastro del huracán.
Antes de llegar a Nicaragua no entraba entre mis planes visitar Granada; sin embargo yo propongo y alguien dispone. Aproveché para visitar a un navarro de raza. A Joaquín Otazu, un misionero de ochenta y cinco años. Llevaba cincuenta y dos en Granada donde había trabajado veintidós como profesor y orientador espiritual. A mi llegada al convento Otazu no se lo podía creer, yo tampoco, me recibió con un fuerte abrazo y me invitó a su habitación. Le atendían varias monjas nicaragüenses. Me puso al día de la historia de la ciudad y del país. Al despedirme, me dijo: “viaja al norte y encontrarás lo que buscas…”. Ni yo mismo sabía lo que buscaba, sonreí.
Me despedí también de Belén y Adolfo y tomé el primer microbús hacia Managua, desde donde según las explicaciones de Belén, debería tomar otro, el número 96 hasta Matagalpa. Comenzaba la aventura...
El pasaje y paisanaje a la salida de la capital hacia el norte del país era desalentador. Las raíces de los árboles arrancados de cuajo suplicaban mirando al cielo. Al igual que muchas de las paredes de los edificios de los pueblos devorados por la humedad del lago Tipitapa. Se habían convertido en la última oportunidad de muchos familiares para encontrar a sus seres queridos entre los restos del fango ya petrificado por el sol.
“!Se busca a Canelo! Gritaba una pintada.
Mi mochila viajaba en el portamaletas anclada con cuerdas en la parte superior del microbús, el Expreso 96. Las cámaras, a mis pies. A mi izquierda un campesino me miraba sin disimulo y sonreía. Todo el mundo me observaba. La música de Chayane a todo volumen. Tres horas de viaje me prepararon para lo peor. Mis pupilas no se desviaron ni un solo instante de lo que sucedía fuera del microbús. El cristal empañado por el polvo del viaje formaba una cortinilla donde las imágenes se me acumulaban. Pasaban como una película. Y yo era el espectador. Inquieto, fotografiaba con la mirada. La cámara impaciente, dormía sobre mis rodillas. Necesitaba bajar, caminar, sentir más de cerca. No era el momento. Lo comprendí más adelante…Las carreteras cortadas, los desvíos, la gente sube, baja, caía el sol...Al fin, llegué a Matagalpa. La mochila no estaba tan mal. Sin rumbo fijo me perdí entre sus callejuelas en busca de una habitación. Por fin, un cartel alentador: El Hotelito, camas y agua potable. Y allí me dirigí. Tomé una ducha reconfortante de un hilo de agua fría. Suficiente. El dueño del Hotelito me aconsejó que dejase las cámaras en la habitación, una puerta de madera hinchada con un candado dejaba entrever el interior. “No se preocupe”. La dieta a partir de ese día no varió demasiado: arroz, frijoles, pollo frito y ron nicaraguense, Flor de Caña…
Dormí plácidamente. A la mañana siguiente, ardía por callejear… Me dirigí hacia el centro de salud. Allí me explicaron que Estelí era el primer departamento de Nicaragua donde las consecuencias del Mitch habían sido devastadoras. Las ratas huyendo de las riadas se habían concentrado en el interior de la población buscando el calor e infectando con su orina a las personas a través de los alimentos, las latas de bebida, los cubiertos... es la leptospirosis. La peste del siglo XX. La enfermedad de las ratas. El médico del centro no me supo detallar dónde consultar más información. No se había publicado nada en los medios de comunicación nicaraguenses…Le agradecí su tiempo y salí con la mente puesta en Estelí. Recorrí Matagalpa sin un rumbo fijo. Me dejé llevar por el cauce del río: más árboles y casas arrancadas de cuajo. Aunque el caudal bajaba fuerte, me permitía escuchar a lo lejos el ritmo incansable de un martilleo. Varios niños sentados sobre una alfombra de guijarros picaban piedra. Parecía una pequeña cantera de juguete, hecha a su medida. La desmenuzaban, como podían. Luego vendían los sacos de gravilla. Los llenaban, gota a gota. De sol a sol. No me confesaron para quiénes trabajaban, desconfiaban, por supuesto. Me adentré por el interior del cerro que abrazaba a la ciudad. Decenas de familias se aseaban y limpiaban la ropa.
Las personas que habitan bajo las faldas de estas laderas saben cómo deben vivir y conocen a qué se exponen. Por eso construyen en madera y chapa. Utilizan un lenguaje universal, el de la miseria en estado puro. El que los gobiernos les permite…Y las consecuencias son dramáticas, como veremos más adelante…
A la mañana siguiente, me despedí del dueño del Hotelito, un nuevo hasta luego. “Lo más difícil de viajar es conocer a tanta gente buena con la que seguramente no te vas a reencontrar.”
En dos horas llegué a Estelí. Conseguí ubicarme rápidamente y me dirigí al hospital de Enabas. Los médicos fueron contundentes. “La única ayuda que tenemos para contener la enfermedad de las ratas y el cólera es la proveniente de la fundación Familias Unidas. Nos han enviado 7.388 cápsulas para adultos y 520 frascos de jarabes para niños. Un costo total de 2.062 dólares. El gobierno se desentiende.” Durante esos días, al menos 249 niños de menos de 12 años se encontraban en riesgo de morir junto al río Estelí, en El Centenario, un barrio humilde: oficialmente moría una persona al día. Hasta allí me acerqué, la imagen era desgarradora, varios niños se bañaban entre las aguas fecales del río Zanjón. Los campesinos, al verme asombrados, no querían desaprovechar la oportunidad. Me invitaban, casi obligado, a entrar en sus casas de madera y techumbre de plástico agujereado. Las cocinas las protegían de las ratas como podían. No tenían mucha información. Cubrían las cazuelas y los cubiertos con trapos y cartones. Las ratas se inmiscuían sin piedad en busca de calor y alimento, orinando sobre los alimentos.
José Aparicio de Mendoza acababa de perder, el 15 de noviembre de 1998, a su hijo Guillermo de 18 años. Lo describía como un joven aprendiz de mecánico y técnico agrícola. “En cuanto enfermó, sólo duró cinco días. Fiebre alta, dolores musculares. Los médicos pensaban que tenía el dengue. Los síntomas son muy parecidos. Ahora, una vez más, cuenta desesperado tengo a Félix Pedro, otro hijo, el mayor, de 32 años, ingresado con los mismos dolores.” Su vecino Mauricito aguantó dos días. Cuenta su madre Marta Dávila: “mi hijo murió orando”. Me despedí deseándoles buena suerte…Hasta luego, un día más…
El Ministerio de Sanidad durante aquel mes de noviembre de 1998 se negaba a declarar el estado de emergencia epidemiológica. En los departamentos faltaba el suero oral y la penicilina, medicamentos imprescindibles para bloquear el ataque y desarrollo de la bacteria.
Es curioso, durante mi deambular nadie pedía limosna…Tan solo necesitaban ser escuchados.

La leptospirosis, de la mano, me transportaría más lejos de lo que jamás habría pensado. Posoltega, una pequeña población perteneciente al departamento de Chinandega, al norte de León, conseguiría marcarme a fuego para toda la vida. Asentada bajo el cerro Casitas, se había convertido en el corazón de los brigadistas locales e internacionales. ¿Qué sucedía en este lugar? ¿Estaba preparado para lo peor? Los médicos de Estelí me habían adelantado algo…
Un nuevo expreso me dejaría en un cruce de caminos, a dos kilómetros del pueblo. Un viejo tractor que transportaba agua potable hasta la comunidad de Hojacha y que oportunamente pasaba en aquel instante se apiadó de mí y me acercó hasta el Ayuntamiento donde contacté también de forma causal con un cooperante francés de Médicos Sin Fronteras. Él me indicó dónde alojarme. De esta manera, terminé en casa de Doña Orvelina Sosa. Extenuado por el peso de las dos mochilas y el viaje, caí en la entrada de una gran casona vieja. Doña Orvelina, sin pedirme ninguna explicación, parecía que me estaba esperando, me acomodó en una amplia habitación de madera. Allí conocí, a Tjisle Heys y René Tel, una pareja holandesa; a Nancy y Verónica y a Herver, hijos de Orvelina, el último adoptado hacía cinco años.

La disposición de la vivienda en forma de “C” con un patio interior y en el centro, una mesa de cuatro metros de largo denotaba que aquella casa había sido un peaje para mucha gente. Al lado un habitáculo que hacía la función de ducha. Un pozo les garantizaba agua no potable.
Después de una reconfortante ducha, nos sentamos a cenar. Nancy y verónica ayudaban a su madre a preparar el arroz hervido, el plátano frito y los frijoles. La cena se prolongó durante un par de horas. Una lámpara de gas nos perfilaba entre luces y sombras mientras conversábamos. No había electricidad en esta parte de la casa. Entre la oscuridad, un sonido. Creo escuchar el motor de un reactor rompiendo la barrera del sonido. ¿Aviones de combate por esta zona?
“Es el grito del volcán Casitas”, asiente la doña con preocupación. “Cuando gime de esta manera hay que estar preparados para lo peor. La última vez que el cerro habló fue unas semanas antes de la catástrofe.”
La noche del 30 de octubre el cráter avisó definitivamente. A la mañana siguiente, una ola de más de veinte metros de alto y un kilómetro y medio de largo formado por lodo, rocas, y agua hirviendo sepultaron completamente las comunidades de El Porvenir, Roldando Rodríguez y la mitad del poblado de Ojochal. Más de 3.000 muertos, miles de heridos y 14.000 refugiados. Los edificios y las personas, fueron literalmente succionados. A esa hora los más pequeños daban clase en las escuelas y las mujeres trabajaban en sus casas. Algunos campesinos, al escuchar el sonido sordo del deslave, solo pudieron mirar la tragedia, desde donde trabajaban, a escasos kilómetros. Un mes después, con las lluvias, los muertos fueron emergiendo de la nada, embutidos entre raíces y planchas de tierra petrificada. Reavivaron el recuerdo.
Herver, Nancy, Verónica y la pareja de holandeses formaban parte de una de las brigadas de incineración y entierro.
A la mañana siguiente, a las siete y media, después de un copioso desayuno a base de queso, cuajada y fruta quise comprobar sobre el terreno lo ocurrido. Después de una hora caminando, el calor me empujaba hacia el cráter, llegué, inesperadamente hasta la casa de Marcos Gütierrez de 28 años en la barriada de Ojochal. Fue uno de los primeros en socorrer a las pocas víctimas del Porvenir: “Eran las once y media de la mañana. Escuché un ruido atronador, parecía que había cinco helicópteros en movimiento sobre el cerro. Mi familia y yo subimos a lo alto de una colina. Las corrientes de lodo arrancaron de cuajo las casas arrastrando familias enteras. Mi hermana y sus hijitos celebraban el día de su cumpleaños. Residían en el Porvenir. Estuvimos buscando sus restos pero no los hemos encontrado.”
Le pido que me acompañe hasta el lugar. Entró en casa, alcanzó una garrafa de agua potable y proseguimos hasta los dos poblados. Treinta minutos caminando. Al llegar, un paraje desolador: Un puzzle de tierra seca, una alfombra de grietas. El hedor era insoportable. El territorio, casi lunar. Sin vegetación. Unas flores amarillas acompañaban a varios crucifijos de madera. El silencio era enloquecedor. El olor a muerto fue lo que más me llamó la atención. Marcos estaba acostumbrado, yo me tuve que proteger con una camiseta. Los edificios se encontraban bajo la tierra cuarteada, a unos cincuenta centímetros de profundidad. Aquí, me indica Marcos, “está el colegio. Era la hora del almuerzo. Allí, delante, había que imaginarlo, el centro del pueblo, donde vivían mis sobrinos y hermana, junto al pozo de agua”. Lo único que se mantuvo firme. Me muerdo las muelas traseras de tanto dolor. Marcos se mantiene impasible. A mi espalda, al fondo, Posolttega, radiante, a unos 400 metros de desnivel. Se salvó porque la marea cambió de dirección.
Nos quedamos casi todo el día deambulando por la zona, tomando imágenes, analizando la distribución de las dos aldeas. La ciudad romana de Pompeya me viene a la mente. Tuvo que ser algo parecido.
Durante los días siguientes, me incorporé a la brigada de entierro e incineración. Salíamos muy temprano, evitando el calor pegajoso. Los holandeses organizaban junto a dos responsables de la comarca un grupo de dieciocho voluntarios. Verónica, Nancy y René eran las únicas mujeres. Dieciséis jovencísimos soldados conformaban una partida simbólica del gobierno. Acompañaban a los civiles sin saber muy bien qué hacer. Llevábamos mascarillas, guantes de látex, palas, una escopeta, gasolina y agua…
Al llegar a San Pablo, a varios kilómetros del Porvenir, Herver me aconseja que me ponga la mascarilla. El olor a carne humana podrida era insoportable. Faltaba el oxígeno. Los pulmones se llenaban de amoniaco. Comenzó la carnicería, los brigadistas con el pico, hachas y las palas seccionaban los cuerpos atrapados entre la maleza y los enterraban por pedazos bajo cal viva. Los cuerpos se encontraban hinchados, desgarrados por la corriente del agua, despellejados por el calor de la corriente volcánica. Nancy y Verónica cubiertas por una mascarilla soportaban mejor que el resto el hedor nauseabundo. Se colocaron una flor amarilla sobre sus orejas izquierdas… Entre todos abrían un hoyo. A paladas iban depositando en una improvisada fosa común los restos de los cuerpos. Los militares preparaban crucifijos de madera con ramas de árboles caídos. No se podía pensar demasiado. Era la clave. Los despojos que quedaban, se mezclaban con vegetación seca y gasolina. El fuego adquiere un color diferente...
Rozábamos los cuarenta grados, hicimos una parada para descansar. Herver disparaba con la escopeta a todos los animales que intentaban hacerse con un bocado. Ya existían demasiadas enfermedades. Aproveché para guardar las cámaras. No podía continuar haciendo fotos. Le pedí la pala a René, la holandesa, parecía la más cansada. Pero al primer palazo sobre uno de lo cadáveres, perdí el sentido y comencé a devolver, llegándome a desmayar. Me ahogaba. Creía morirme. Nancy con delicadeza me mojó, mientras Verónica me abanicaba. Me recuperé y continué. Si ellos pueden, yo también…Me dije. Las lágrimas, esta vez sí, sucumbieron ante tantas escenas desgarradoras. La mascarilla aunque no protegía en exceso de los gases, sí me disimulaba el llanto. René me colocó un par de hojas de eucalipto para descafeinar los efluvios. Mis pulmones se habían convertido en cloacas de fluidos residuales.

Aquella noche no cené. Niños, mujeres, hombres… ¡Qué final tan trágico! El gobierno de Arnaldo Alemán no reaccionó a tiempo como represalia a su guerra interna con los sandinistas de Daniel Ortega. Chinandega era un reducto inexpugnable. Por eso les dejaron morir. La alcaldesa de Posoltega avisó a tiempo al Gobierno Central de la magnitud de la tragedia; sin embargo, los helicópteros del ejército llegaron cinco días tarde, y los camiones con ropa y alimentos ocho días después. Al no tener alcohol ni analgésicos para el dolor, desinfectaban las quemaduras con jugo de limón. No tenían vendas. La sala de operaciones, con tan solo siete médicos de la zona, estaba preparada para tres pacientes. Los psicólogos, y médicos especialistas no consiguieron llegar hasta varios días después porque las carreteras estaban bloqueadas. Todas los vecinos de Rolando Rodríguez y El Porvenir que quedaron atrapadas con vida entre los árboles murieron. Los huérfanos caían en brazos de otras madres, que a su vez habían perdido a sus hijos. En cuanto llovía lloraban. Si escuchaban un trueno, huían del refugio pensando que era el volcán. Las secuelas fueron tan dramáticas como el derrumbe y el posterior abandono. La doctora Teherán fue muy clara. “Se podían haber evitado muchas muertes. La población no acepta lo sucedido. Piensan que es un sueño. Hay mucha ansiedad por normalizar la vida. La gente se ha vuelto más agresiva”. Durante los días que estuve en Chinandega, sicólogos de UNICEF y ocho del hospital de Managua trabajaban en Posoltega distribuidos en quince refugios oficiales. Preparan a los maestros, ya que son ellos en el curso del año próximo quienes van a tener que ejercer de sicólogos. Lo más importante, me explicaba la doctora era conseguir que los niños a través de los dibujos aceptasen lo que les había sucedido. Algunos pintaban a su familia corriendo delante de Godzila. Los más difíciles de tratar son aquellos que no se integraban en los juegos. Ni lloraban.
La ayuda se presentaba gota agota. Y recuerdo la rapidez con la que salió de Navarra, entre otras comunidades españolas…Pero no llegaba. Los medicamentos, el suero, las mantas, los alimentos en latas seguían amontonados en los hangares del aeropuerto. Seguramente, se vendieron en el mercado negro.
Amigos particulares de doña Orvelina le enviaban desde Miami cajas de medicamentos. Todos caducados. ¡Qué despropósito! ¡Qué planeta!
Doña Marisa perdió a tres de sus hijos en el derrumbe. Es teniente alcalde de Posoltega. Me cuenta que durante los primeros días de incertidumbre, Cuba quería enviar ayuda humanitaria pero el gobierno de Alemán les desautorizó. Mientras el número de fallecidos crecía por segundos. La alcaldesa de Posoltega y Arnaldo Alemán, presidente de Nicaragua se lanzaban los trastos a la cabeza en los medios de comunicación nacionales y locales.
Según doña Marisa, un mes y medio antes del derrumbe, el gobierno preparaba sobre unos terrenos municipales en lo alto del cerro, junto al Casitas, un parque nacional. Talaron cientos de árboles y excavaron el terreno, adecuándolo para proyectar una barriada de lujo formada por viviendas y hoteles. Con las lluvias caídas, el caldo de cultivo estaba listo para el desatre. EL socavón almacenó agua, piedras, árboles previamente talados. Y el cerro cedió...

Un mes después, regresé a Managua, con la angustia de haber abandonado a mucha gente. Pero tenía que regresar y contarlo todo.
Nancy quiso confesarme algo, antes de partir, sin palabras me besó y me regaló uno de los pañuelos de la guerrilla sandinista bordado con su nombre. Lo guardo como una joya. Quería acompañarme a Managua. No era posible. En todos los viajes se acaba conociendo a una mujer que te hace dudar…Pero el destino es más fuerte. Pienso en el resto de la gente que durante estos viajes depende de mi denuncia. Y la tentación se diluye como el azúcar.
En Managua, me alojé en un motel de carretera, barato, lleno de prostitutas. Me duché y salí en busca de un restaurante donde poder probar un menú variado. No me atreví a dejar las cámaras en la habitación. Cuando llevaba andado cien metros, un grupo de chavales jóvenes se me acercó. Tendrían 16 años. Me rodearon con las manos en los bolsillos. No tenían buenas intenciones. Hacía un día radiante. La gente desde los coches reparó claramente en lo que sucedía pero ni se inmutaban. ¿Qué llevas en la mochila?¿De dónde eres? ¿Tienes algo para nosotros? Son chicos de la calle. Yo me encuentro tranquilo. Estoy cansado. Les explico. ¿Sabéis lo que sucede a tan solo cuatro horas de aquí? Me miran extrañados. Nos relajamos. Y continúo. Chicos como vosotros se ganan la vida ayudando a incinerar muertos y ayudar a sus vecinos a recuperar la normalidad. ¿Tú vienes de allí? Sí, les contesto. ¿Eres médico, verdao? Sí. Soy voluntario. He venido para ayudar. Vosotros deberíais hacer lo mismo. Ha muerto mucha gente en este país. Acercaros hasta Posoltega. Concluí. Me miraron extrañados. Uno de ellos pidió al resto que me dejasen tranquilo. Incluso, me dieron las gracias y dándome la mano se marcharon. Un sabor agridulce me invadió. Sin cenar retrocedí sobre mis pasos y no salí de la habitación hasta la mañana siguiente que regresaba a España…
Llegué puntual, después de una bronca inesperada con una de las azafatas del vuelo Madrid – Bilbao. Habían cedido mi sitio a otro pasajero porque supusieron que yo no iba a llegar a tiempo. Las hojas de reclamaciones son milagrosas. Mi madre me esperaba abrigada en el viejo aeropuerto de Sondica en Bilbao. Llovía y hacía mucho frío. Llegué cargado de botellas de ron Flor de Caña, pantalón corto y una camiseta. En mi muñeca izquierda lucía el pañuelo de Nancy…Todavía le recuerdo. Se han mudado de pueblo. No sé que será de ellos.
















9 Comments
slowpete strong set. excellent photo journalism
slowpete · 2007-09-17: 01:25
manuela aunque conocia en parte la historia, he llorado como una tonta, en este " planeta encantado" las tragedias nunca acaban.
buen trabajo Iván.
un beso
manuela · 2007-09-17: 02:07
pecas Quién soy yo para quejarme...
pecas · 2007-09-17: 02:51
Lorena Toda esa desolación me trae a la memoria una cancion del grupo Massive attack, Unfinished Sympathy. Escuchadla. Aunque ellas entonan su bitttersweet symphony
Lorena · 2007-09-19: 07:28
Prima de Lola Impresionantes fotografías pero no tanto como el texto creo que lo que he oido cantar de ti no es fruto del cariño sino reflejo de lo que eres como persona y como profesional. Me has hecho llorar. Gracias porque a través de personas como tú personas como yo somos más conscientes de lo que ocurre en el mundo.
Prima de Lola · 2007-09-19: 09:02
elenita Historia y fotos muy emocionantes, aunque te hacía la visita para rendirme ante tus artes. Mi amigo nadando con chocos te puso ayer por los cielos con tu trabajo en Barbate y tu experiencia en la montaña con el ordenador. Eres un crak! Enhorabuena. Muchos besos
elenita · 2007-09-19: 10:52
davidcardona Great post! Impressive. Touching but very professional! Well done! Thanks for sharing!
davidcardona · 2007-09-29: 21:26
Gargamel Frotanasio Fonseca Piligallo Toditio esto es muy triste,que le vamos a hacer, todos lo paises del planeta han recibido las injusticias inclementes peligrosas de la naturaleza natural pue,pero todos esos paises se levantan y siguen en la lucha,somos los pobrecitos del mundo...y que!! si somos benevolentes podremos salir adelante,lo que ando diciendo es que nunca hay que perder los animos,está bueno que nos echemos nuestros tragos,comamos chanchadas,y nuestra culidadita de vez en cuando,pero cuando amanece tenemos que ponernos !!arriba!!y no me refiero al pene simplemente,hay que luchar,trbajar,ser honestos,honrados,tener pudor,principios ganas de ser cada dia algo mejor.Si es cierto estas fotos son para morirse del calambrazo,pero aqui estamos pue, y esto es lo que tenemos y si dios nos puso aqui es por algo,y no soy evangelico ni vergas.Simplemente soy realista.y recordad en esta vida hay que ayudarse los unos a los otros"solidaridad"para cuando vengan catastrofes como esta,por que seguiran viviendo muy a nuestro pesar.poder sobrevivir y decir:Le hemos ganado la batalla a la naturaleza por que fueimos un pueblo unido.Muy en el fondo os quiero.Abrazos pue.
Gargamel Frotanasio Fonseca Piligallo · 2008-09-06: 07:39
DAVI CARDONA Toditio esto es muy triste,que le vamos a hacer, todos lo paises del planeta han recibido las injusticias inclementes peligrosas de la naturaleza natural pue,pero todos esos paises se levantan y siguen en la lucha,somos los pobrecitos del mundo...y que!! si somos benevolentes podremos salir adelante,lo que ando diciendo es que nunca hay que perder los animos,está bueno que nos echemos nuestros tragos,comamos chanchadas,y nuestra culidadita de vez en cuando,pero cuando amanece tenemos que ponernos !!arriba!!y no me refiero al pene simplemente,hay que luchar,trbajar,ser honestos,honrados,tener pudor,principios ganas de ser cada dia algo mejor.Si es cierto estas fotos son para morirse del calambrazo,pero aqui estamos pue, y esto es lo que tenemos y si dios nos puso aqui es por algo,y no soy evangelico ni vergas.Simplemente soy realista.y recordad en esta vida hay que ayudarse los unos a los otros"solidaridad"para cuando vengan catastrofes como esta,por que seguiran viviendo muy a nuestro pesar.poder sobrevivir y decir:Le hemos ganado la batalla a la naturaleza por que fueimos un pueblo unido.Muy en el fondo os quiero.Abrazos pue.
DAVI CARDONA · 2008-09-08: 19:44
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