La ciudad de las mil mezquitas es también la ciudad de las sensaciones, las emociones, el encuentro con sus gentes...
Hoy, he paseado por sus callejuelas, me he perdido por ellas y he encontrado la calma en medio del bullicio, viendo subir y bajar el tranvía que permanece, después de tantos años, testigo de vivencias inolvidables.
Hoy, he visitado sus grandes avenidas y he cruzado el Bósforo, respirando el aroma de las especias, el olor a pescado recién hecho...
Y, testigos de mis pasos, las mezquitas, quietas, abrazándome con sus alargados minaretes en cada uno de los rincones de esta ciudad que guarda tradiciones imborrables con el paso del tiempo.
He visto desde la Torre Galata, la ciudad más maravillosa del mundo.
He navegado por las aguas que separan Europa de Asia y he contemplado el sol detrás de sus mezquitas, porque no sé si te he dicho hay centenares de ellas.
Pero me quedo con la madrugada de Estambul, en el puente Galata, solitario, esperando un nuevo amanecer con la última llamada a la oración, o la primera, si te acabas de despertar.
Despertar, después de una larga noche, escuchando la música tradicional turca al abrigo de sus gentes, bailando al son del citar y la pandereta, al ritmo de las darbukas.
He descansado en sus cafés, en medio del remanso de paz de sus cementerios. Lugares de encuentro donde fumar un narguilé y degustar un té, es casi cita obligada.
Ha pasado el tiempo casi sin darme cuenta, tumbada en la piedra del hamán imaginando cómo sería la vida de las mujeres entre sus paredes.
Y, por eso, he quedado contigo bella Estambul para volver a verte.
Gema Zarco